En el verano de 2009, el Colectivo de Letras Libres abordó realizar textos para editar un fascículo, cuyo título se decidió por unanimidad que podría llamarse “KLAN-DESTINOS”.
El trabajo quedó paralizado a los pocos meses, al enfrascarse en otras tareas. Ahora, dos años después se retoma, y entonces observamos que los textos que ya estaban escritos entroncan muy directamente con el movimiento de “indignados” del 15M (15 de mayo de 2011), es decir nos habíamos adelantado, lo cual significaba que el malestar que ese movimiento saca a la calle, ya germinaba en nuestras mentes y, seguramente, en la de muchos españoles.
Como anticipo al fascículo que podría ver la luz en septiembre de 2011, este texto que pertenece a los escritos hace dos años:
No somos de ningún clán
Solo nos guía el destino
Si tienen que definirnos
Pueden decir “clandestinos”
Queremos poder soñar
Con cambiar la sociedad
Eliminar las barreras
Anulando las fronteras
Que separan los países
Que todo el mundo sea libre
Que acaben las dictaduras
Y las falsas democracias
Que se basan en falacias
Dejen paso a la verdad
Que el ser humano libere
Su orgullo y su dignidad
Pues nadie es menos que otro
Y nadie debe impedir
El reparto de los bienes
Que todos puedan vivir,
Que no haya hambre en el mundo,
No haya niño sin escuela
Ni un enfermo sin doctor
Que la paz sea el remedio
Que nos alivie el dolor
Y así, soñando, soñando…
Permítannos entonar
Este pequeño homenaje
A la clandestinidad:
“Es mejor estar prohibido,
Olvidado, perseguido,
Por media humanidad,
Si con ello ayudamos
A que la otra mitad
Pueda pensar que algún día
Tendrá su oportunidad.
¡Que no sea una utopía!,
Permítaseles luchar
Para hacerlo realidad”
Les gusta mi poesía
miércoles, 17 de agosto de 2011
martes, 2 de agosto de 2011
La crisis
Ahora que tanto se habla de "crisis", extraigo este texto escrito hace unos años, cuando empezaba este monumental caos, en el que intento reflejar lo que de verdad es una crisis...todo lo demás son pamplinas
Ricardo estaba preocupado por Juan, su entrañable amigo y compañero de curro. Hacía tres días que no asistía al trabajo y, que Ricardo recordara, era la primera vez que se producía una ausencia tan prolongada, pues Juan sería un tipo muy juerguista y trasnochador, ahora bien, para cumplir en el curro era siempre el primero. Así que, aunque le daba cierto corte, decidió llamar a su casa a ver que le ocurría.
Se puso Matilde, su mujer, a la que Ricardo conocía solo del día de la boda y por lo tanto no tenía con ella mucha confianza, pero suficiente para preguntarle por Juan “es que como lleva tres días ausente, pues me pregunto si estará bien o si necesita algo”.
Matilde, muy correcta, le agradeció su interés, pero no fue muy explícita en sus explicaciones, se limitó a decir “lo está pasando muy mal, es por esto de la crisis, pero esperamos que en unos días se le pase u vuelva a la normalidad. Le diré que has llamado, gracias por tu interés”. Ricardo se quedó sorprendido por la respuesta, pero no quiso indagar más, en la espera de que pronto recuperaría a su amigo y se explicaría todo.
Pasaron varios días y, una tarde, se topó con Inés, la hermana de Juan, a quien conocía de cuando estaban solteros e iba a casa de sus padres. Aprovechó para preguntar por él. Inés pareció incómoda con la pregunta, pero, pese a ello, le explicó “Mira Ricardo, la verdad es que no se lo quieren decir a nadie, porque pensaban que era algo pasajero pero pasan los días y no parece recuperarse. Es la dichosa crisis esa que le tiene doblao”. Una vez más Ricardo se quedó atónito, pero que podía decir, ¿la crisis?, joder, ya se sabía que la cosa estaba chunga, pero todos lo soportaban con estoicismo, no había que magnificar los acontecimientos, además tampoco se sacaba nada con ello.
Le estuvo dando vueltas otros días, y finalmente se decidió a hacer una visita al domicilio de Juan. Si estaba inmerso en una depresión, lo mejor eran los buenos amigos, y a ser posible salir a tomar algo por ahí, seguro que eso le sentaría bien.
Así que, sin más preámbulos, se dirigió a casa de Juan, con una botellita de whisky que previamente compró, esperando sirviera para endulzar su misión. Le recibió Matilde, que no se sorprendió de verlo, y le dijo “Pasa, pasa al salón, está ahí viendo la tele, así se pasa horas”. Animado por el recibimiento, Ricardo entró el salón y saludó a Juan efusivamente “Coño, tío, me tenías preocupado, pero veo que estás hecho un pincel, eh?”. Juan le sonrió y se puso en pie para saludarle, pero entonces, cayó en redondo agitándose con fuertes convulsiones y babeando por la boca. Matilde entró precipitadamente a atenderle, mientras le decía “Lo siento Ricardo, pero en cuanto se retrasa la medicación, vuelven los ataques, estamos desesperados, no dan con ello, no sé como acabará esto”.
Ricardo salió acongojado a la calle. Ahora comprendía que realmente su amigo del alma “estaba en crisis”.
Ricardo estaba preocupado por Juan, su entrañable amigo y compañero de curro. Hacía tres días que no asistía al trabajo y, que Ricardo recordara, era la primera vez que se producía una ausencia tan prolongada, pues Juan sería un tipo muy juerguista y trasnochador, ahora bien, para cumplir en el curro era siempre el primero. Así que, aunque le daba cierto corte, decidió llamar a su casa a ver que le ocurría.
Se puso Matilde, su mujer, a la que Ricardo conocía solo del día de la boda y por lo tanto no tenía con ella mucha confianza, pero suficiente para preguntarle por Juan “es que como lleva tres días ausente, pues me pregunto si estará bien o si necesita algo”.
Matilde, muy correcta, le agradeció su interés, pero no fue muy explícita en sus explicaciones, se limitó a decir “lo está pasando muy mal, es por esto de la crisis, pero esperamos que en unos días se le pase u vuelva a la normalidad. Le diré que has llamado, gracias por tu interés”. Ricardo se quedó sorprendido por la respuesta, pero no quiso indagar más, en la espera de que pronto recuperaría a su amigo y se explicaría todo.
Pasaron varios días y, una tarde, se topó con Inés, la hermana de Juan, a quien conocía de cuando estaban solteros e iba a casa de sus padres. Aprovechó para preguntar por él. Inés pareció incómoda con la pregunta, pero, pese a ello, le explicó “Mira Ricardo, la verdad es que no se lo quieren decir a nadie, porque pensaban que era algo pasajero pero pasan los días y no parece recuperarse. Es la dichosa crisis esa que le tiene doblao”. Una vez más Ricardo se quedó atónito, pero que podía decir, ¿la crisis?, joder, ya se sabía que la cosa estaba chunga, pero todos lo soportaban con estoicismo, no había que magnificar los acontecimientos, además tampoco se sacaba nada con ello.
Le estuvo dando vueltas otros días, y finalmente se decidió a hacer una visita al domicilio de Juan. Si estaba inmerso en una depresión, lo mejor eran los buenos amigos, y a ser posible salir a tomar algo por ahí, seguro que eso le sentaría bien.
Así que, sin más preámbulos, se dirigió a casa de Juan, con una botellita de whisky que previamente compró, esperando sirviera para endulzar su misión. Le recibió Matilde, que no se sorprendió de verlo, y le dijo “Pasa, pasa al salón, está ahí viendo la tele, así se pasa horas”. Animado por el recibimiento, Ricardo entró el salón y saludó a Juan efusivamente “Coño, tío, me tenías preocupado, pero veo que estás hecho un pincel, eh?”. Juan le sonrió y se puso en pie para saludarle, pero entonces, cayó en redondo agitándose con fuertes convulsiones y babeando por la boca. Matilde entró precipitadamente a atenderle, mientras le decía “Lo siento Ricardo, pero en cuanto se retrasa la medicación, vuelven los ataques, estamos desesperados, no dan con ello, no sé como acabará esto”.
Ricardo salió acongojado a la calle. Ahora comprendía que realmente su amigo del alma “estaba en crisis”.
jueves, 21 de julio de 2011
La Prima de Riesgo
Lo reconozco, es un vicio mío, pero cuando me "machacan" con información respecto a algo en lo que, ni remotamente, puedo participar, interiormente siento un deseo irrefrenable de tomármelo a broma. Por eso se me ocurrió este post, espero coincidan conmigo:
Ahora, con frecuencia, me viene a la memoria un recuerdo de mi época infantil que hace tiempo tenía olvidado. Era allá por los opresivos años 50, cuando mi infancia transcurría plácidamente, recién cumplida la primera decena, y protegido en exceso por mis padres de cualquier peligro físico y, en especial, moral que pudiera acercárseme.
Tenía yo por entonces una prima, Mari Puri, que era unos 10 años mayor que yo y a la que no veía casi nunca por vivir en el otro extremo de la gran capital, pero ello no era obstáculo para que en mi casa se criticaran sus costumbres, al parecer ligeras, y su forma de vestir, demasiado moderna para aquella época. Recuerdo comentarios de mi madre y mi abuela, en los que despellejaban su conducta y como siempre terminaba mi madre con una cantinela que era, más o menos; “!qué riesgo tiene esa niña!, ¡qué peligro tiene!. Por eso yo empecé a considerarla como mi prima de riesgo particular.
Ahora, en mi ancianidad, cuando en la mesa familiar rodeado de hijos y nietos, escucho en el telediario que la primera noticia de cada día es hablar de los peligros de la prima de riesgo, no puedo por menos que dibujar una amplia sonrisa en mi boca, pensando en lo mucho que ha progresado Mari Puri y como a su edad, que ya debe ser muy longeva, todavía es capaz de cotizarse por encima de los 300, e incluso acojonar al personal con amenazas de nuevas subidas. Mientras el resto de la familia me mira cariñosamente y piensa “este abuelo está cada día más gaga!. Lo que no saben ellos es que un día mi prima de riesgo decidió por su cuenta que tenía que espabilar a su primito. Eso fue un poco antes de que se fugara con un teniente de la Legión y nunca más se supo de ella, hasta ahora, claro, cuando la televisión nos informa que anda por Grecia, Portugal e Irlanda de forma peligrosísima y que tengamos mucho cuidado en España que somos los próximos…!qué sabrán ellos!
jueves, 14 de julio de 2011
El pusilánime transfuga
¿Quién no ha sentido alguna vez miedo, o por lo menos, la falta de coraje suficiente para afrontar las situaciones que la vida nos pone delante?. Pues un día se me ocurrió escribir sobre alguien que había pasado por esa fase y, finalmente, lo había superado...
Ahora resulta que había estado todo el tiempo aquí, en casa, y yo sin saberlo
Me gustaría saber quien lo habrá dejado olvidado en ese rincón
Había llegado a levantar los colchones buscándolo
La verdad es que en los días de calor a mi me parecía oler su “tufillo”
Pero ya estaba desesperado, ya lo daba por perdido
En los días fríos, parece que se agudizase su pérdida
Y en las noches…en las noches es tremendo el vacío que me provocaba
Y lo peor es que es una de esas cosas que son irremplazables, no se puede comprar otra
Tampoco estaba asegurado contra su pérdida, no creo que ninguna compañía aceptase ese tipo de póliza
Algunos días yo me estremecía al recordar que carecía de él
No sé como he podido afrontar algunas situaciones con esa carencia
A veces llegué a pensar que no lo necesitaba y que podía atreverme a probar sin ello
Pero la cruel realidad me azotaba siempre cuando me disponía a afrontar la situación
Espero que a partir de ahora, mi vida sea diferente
Y por supuesto que tendré más cuidado para que no me vuelva a pasar
Hoy, el primer día después de recuperarlo, ya me han dicho que se me ve distinto
Y es que se tiene que notar, ahora soy una persona con …VALOR
Ahora resulta que había estado todo el tiempo aquí, en casa, y yo sin saberlo
Me gustaría saber quien lo habrá dejado olvidado en ese rincón
Había llegado a levantar los colchones buscándolo
La verdad es que en los días de calor a mi me parecía oler su “tufillo”
Pero ya estaba desesperado, ya lo daba por perdido
En los días fríos, parece que se agudizase su pérdida
Y en las noches…en las noches es tremendo el vacío que me provocaba
Y lo peor es que es una de esas cosas que son irremplazables, no se puede comprar otra
Tampoco estaba asegurado contra su pérdida, no creo que ninguna compañía aceptase ese tipo de póliza
Algunos días yo me estremecía al recordar que carecía de él
No sé como he podido afrontar algunas situaciones con esa carencia
A veces llegué a pensar que no lo necesitaba y que podía atreverme a probar sin ello
Pero la cruel realidad me azotaba siempre cuando me disponía a afrontar la situación
Espero que a partir de ahora, mi vida sea diferente
Y por supuesto que tendré más cuidado para que no me vuelva a pasar
Hoy, el primer día después de recuperarlo, ya me han dicho que se me ve distinto
Y es que se tiene que notar, ahora soy una persona con …VALOR
lunes, 4 de julio de 2011
La socarronería
Tengo que confesar que la primera vez que me llamaron socarrón me agarre un fuerte mosqueo, porque era una palabra que no escuchaba desde hacía muchos años y entendí que la primera de sus dos erres era en realidad una b. El lector puede extraer las consecuencias que se derivaron de este equívoco, después, una vez aclarado, corrí al diccionario para darle la interpretación correcta y descubrí “persona burlesca, disimulada e irónica”, suspiré aliviado pues estaba totalmente de acuerdo con el apelativo que me habían dirigido. En aquel entonces yo era un perfecto socarrón.
Ahora, muchos años después, he elegido esta palabra para desarrollar uno de estos breves ensayos con los que no pretendo otra cosa que ordenar mis ideas y entretener al lector ávido de novedades y he preferido hacerlo tomando como base la actitud, en vez del sujeto. Les explicaré porqué; hablar de “socarronería” me produce la sensación de que es una palabra que si la digo cuatro o cinco veces en el texto habré prácticamente llenado un folio y ello me evitará extenderme demasiado sobre su contenido, que por otra parte me merece todos los respetos, pues en el mundo de hoy, lleno de codicias, envidias y otros males, ¿puede haber alguna actitud mejor que la burla?, quizás el desprecio, pero eso puede herir sentimientos de forma más cruel que la ironía. Por ello quiero preconizar, promover, propugnar que practiquemos todos un poco más la socorrida socarronería, además así, podremos eludir tener que razonar los grandes problemas que a diario afrontamos.
He hablado de burla y de ironía, pero he dejado sin mencionar el tercer epíteto que el diccionario aplicaba, no menos importante que éstos, “el disimulo”, o como los psicólogos lo llaman, “el confirma borrico”. Esta es una cualidad que las personas que saben interpretarla a la perfección es porque poseen un don especial, pues en los tiempos actuales es difícil disimular. La gente pervierte este verbo, y se disfraza, se muda de rol, pero el auténtico disimulo está solo al alcance de los buenos estrategas. Consiste en estar presente pero pasando desapercibido, distraerse del hecho voluntariamente. En fin, es todo un ejercicio que necesita una práctica para hacerse con la corrección debida, yo recomiendo insistentemente realizar a diario algunos actos de disimulo con objeto de perfeccionarlo para cuando sea menester su utilidad.
Ahora bien, en el otro lado de la balanza debemos reflexionar sobre que actitud es preferible tomar cuando nos enfrentamos a alguien que desborda socarronería (¿cuántas veces van?). Podemos optar por sentirnos ofendidos, humillados, dolidos, pretender ignorarlo. Pues bien, mi recomendación es pasar rápidamente al contraataque y responder con la misma moneda, ello suele provocar la mayoría de las veces, si el contrario es digno rival, un diálogo hilarante y pleno de ocurrencias del que se desprenderán positivas conclusiones para ambos.
He aquí entonces la moraleja de este texto, utilicemos la socarronería con habilidad y prudencia, en la seguridad de que redundará en un divertimento general y si alguien se molesta, bajemos nuestro diapasón un punto, pero no pidamos excusas pues el buen socarrón nunca ofende, solo retrata la realidad con humor y eso no puede ser malo, no caigamos en aquello de “excusatio non petita, accusatio manifesta”, si el contrario no sabe interpretar nuestro humor lo que podemos hacer es recomendarle que asista a cursos de bromas, que lea a Forges y otros humoristas nacionales de reconocido prestigio, y que cuando aprenda a reírse, recapacite sobre la conversación mantenida, seguro que para entonces ha cambiado su manera de verlo.
Terminemos pues intentando poner en rima esta recomendación, a ver si así se tiene más en cuenta:
Practica la socarronería
hazlo con fina ironía
no desmerezcas la burla
siempre que no sea burda
del disimulo haz un arte
que todos querrán copiarte
si te llaman socarrón
no te preocupe en exceso
mejor que te llamen eso
a que te llamen…… (ver el principio de este ensayo).
lunes, 27 de junio de 2011
Ahora que acabo de regresar de unas vacaciones por el país Vasco, rescato este texto que escribí hace unos meses y que encastro en mis "Ensayos" y le coloco estas dos rosas de una gata amiga, para que le sirvan de guía. El texto tiene algo de mis vivencias de adolescente:
Raúl había crecido escuchando siempre hablar a los mayores de las virtudes de esa “otra España”, que siempre era más….lo que fuera que el resto. Se quedaba extasiado oyendo hablar a sus padres, abuela y tíos de las enormes diferencias. Solían repetir con admiración, que nada más cruzar la sierra del Guadarrama, se adentraba uno en otro país, donde todo era verde y había ríos y lagos por doquier. El, nacido en Madrid y sin conocer nada del mundo excepto el pueblo natal de su madre en la provincia de Toledo, no podía hacerse a la idea de que siendo todo un mismo estado, con el mismo idioma y mismas costumbres, el paisaje pudiera ser tan distinto, pero su tío, persona a la que estimaba, pues sabía que no era nada dado a la exageración, le comentó en una ocasión:
- Mira Raulito, si fueras al Norte en coche, y lo haces por la carretera de La Coruña, tendrías que cruzar el Guadarrama por el túnel nuevo que han hecho bajo el Alto de Los Leones, este puerto separa las dos Castillas (la vieja y la nueva), y se dice que lo han construidos los presos políticos de Franco, los mismos que hicieron el Valle de los Caídos, tiene más de 3 kilómetros y lo cierto es que es una gran obra. Bueno, pues tú te meterías en el túnel en la provincia de Madrid y saldrías ya en Segovia y al salir parece que hubieras salido de un túnel mágico que te haya transportado en el tiempo. Si es primavera, los colores te inundarán las retinas, si es invierno, la nieve o la niebla tomarán otra dimensión que nunca habías visto antes. Si es otoño el paisaje se llenará de un ocre maravilloso, e incluso si es verano, comprobarás que el aire tiene un frescor que alivia constantemente.
Otras de las conversaciones preferidas por Raúl, era cuando le hablaban del mar, ese que solo conocía por las películas y la televisión. Le decían que el Cantábrico tenía olas que saltaban los muros, que la playa de La Concha era la más bonita de España, que si la isla de Icaro (esa que aparecía en algunas películas en los créditos iniciales), que si el Monte Igueldo en Donosti, que si el Gran Casino. Su abuela le solía advertir:
- Ten en cuenta Raulito que en San Sebastian han veraneado de siempre los reyes y toda la nobleza que les acompañaba, por eso la ciudad siempre estaba engalanada. Ahora ya no van, por eso del terrorismo supongo, pero todavía la gente de dinero se escapa allí para luego acercarse a Biarritz, que está nada más cruzar la frontera de Francia, y jugarse en el casino unos duros.
También Santander era eco de sus alabanzas, que si La Magdalena, que si El Sardinero, que si Santillana, Comillas o Laredo. En fin, Raulito iba reteniendo todos estos nombres en su memoria, con la idea fija de que algún día al llegar su mayoría de edad, podría comprobar por si mismo todas esas excelencias. A veces él se preguntaba de donde podía venir esa admiración que toda su familia profesaba al norte, (si hasta futbolísticamente, aunque no eran apasionados del deporte, seguían con interés los resultados del Athletic de Bilbao) y la única explicación que encontraba era la de ese abuelo que nunca conoció y del que sus padres jamás hablaban delante de él, pero de quien su abuela, cuando estaban solos, le contaba anécdotas e historias, que la humedecían sus cansados ojos y que siempre terminaba con un profundo suspiro y un ¡Ay, el muy canalla!.
Desde que cumplió 13 años, sus padres cuando llegaba su cumpleaños, en lugar de comprarle nada, le dijeron que era mejor que le dieran dinero y así el podía invertirlo en algo que desease, o mejor todavía ahorrarlo para cuando fuese mayor. Estas pequeñas prebendas, unidas a los ahorros que conseguía hacer de su menguada paga semanal, a la que, sin saberlo sus padres, contribuían también con algunas monedas su abuela y su hermana, constituían ya, para cuando estaba a punto de cumplir 18 años, una estimable fortuna, que superaba incluso 50.000 pesetas y que Raúl guardaba con precaución en una pequeña caja de caudales cuya única llave él poseía, pues la había adquirido él mismo para asegurarse su privacidad.
La hermana de Raúl, era 6 años mayor, lo cual les distanciaba tanto que siempre se creyeron generacionalmente diferentes. Discutían todo y ella solía terminar con un “que vas a saber tú”, que a Raúl le suponía una de las peores afrentas que podía dirigirle. Sin embargo, ella no se enteraría nunca, de la paliza que Raúl, a su 13 años, recibió el día que, en el pueblo toledano de su madre, se enfrentó con el hijo del guarda forestal (8 años mayor que él), porque le escuchó decir que su hermana era una “maricona”. Su sangre se rebeló contra ese insulto y no pudiendo contenerse, le dijo que él era un hijo de puta, razón por la que recibió unas cuantas bofetadas y encima el desprecio de que cuando acabó le dijera “y ya te enterarás cuando crezcas de que llamar “maricona” a tu hermana no es un insulto”. Era siempre la misma cantinela, todo ocurriría cuando creciera, por eso la fijación de ser mayor de edad, se había convertido para Raúl en toda una obsesión.
Cuando solo quedaban unas semanas para su 18 aniversario, su hermana logró convencer a sus padres de que su hermano merecía que ese año fuese algo especial, para lo cual los padres hicieron un pequeño esfuerzo económico y le prepararon un regalo consistente en un bonito traje azul, de chaqueta cruzada, camisa de rayas, según la moda, y una corbata elegida por su hermana, con la cual pensaban ellos que iba a estar más guapo que ningún otro muchacho de su edad. Prepararon en las vísperas un pequeño recibimiento, para cuando volviese de sus clases, que incluía esa tarta de Santiago que tanto le gustaba.
Raúl salió, como todas las mañanas, muy temprano para las clases en la Universidad, donde había comenzado hacía solo un mes, besó a su madre como todas las mañanas, cogió su mochila y cerró la puerta con total naturalidad. Unas horas después cuando su madre le arreglaba su habitación, encontró un sobre encima de la mesilla que le llamó la atención, y que con grandes caracteres decía “PARA MI MADRE”.
Algo le hizo sospechar que no podía ser ninguna buena noticia, por lo que esperó a abrirla a que llegasen su hija y su marido a la hora de comer. Una vez reunidos en el salón, les entregó el sobre y el padre procedió a abrirlo con toda solemnidad, en el interior, una breve misiva les decía:
“Querida madre, o querida familia, pues seguro que estáis todos reunidos, no me esperéis esta tarde para celebrar mi cumple, pero no os alarméis solo estaré fuera unos días, me he ido al Norte, quería comprobar con mis propios ojos todas esas historias que os oí contar siempre y, de paso, si puedo, indagar que fue de mi abuelo, “el canalla”. No me demoraré mucho, pues el dinero no creo que me alcance para todo lo que quisiera. Tampoco os preocupéis por las clases, he dejado encargado que me guarden los apuntes. Creo que debéis alegraros pues voy a hacer lo que siempre me recomendabais, “cuando seas mayor ya aprenderás”, pues bien, hoy cumplo mi mayoría de edad y pensé qué había que aprender deprisa. Un beso para todos y hasta la vuelta”.
El hecho produjo en su familia la lógica sorpresa, acompañada de un ligero malestar que no sabían si era debido al acto en sí o al hecho de que Raúl estaba haciendo lo que ellos nunca se habían atrevido a hacer. En cualquier caso, esto les duró solamente el tiempo que Raúl tardó en regresar y entregarles los regalos que a cada uno les había comprado. Luego se sentaron en el salón familiar y él pasó a narrarles lo que había visto y conocido en directo de ese otro país que del que tanto hablaban.
Lo que nunca les dijo fue que una vez llegado a San Sebastian conoció a una chica guipuzcoana de 17 años, que se llamaba Maite, y que cambiaría su vida para siempre.
lunes, 6 de junio de 2011
El escritor
Inicio lo prometido, una serie de textos que pueden interpretarse como ensayos o chorradas diversas, según cada cual a su mejor criterio, pero a mi me apetece publicarlos y compartirlos. El primero, titulado "El escritor" describe mi pensamiento al respecto y da pié a los que le seguirán en lo sucesivo:
¿Cómo trasladar al lector las sensaciones que uno tiene?, y si uno se atreve a hacerlo, ¿Cómo se asegura que el lector recoge fielmente lo que ha querido decir?, todo está sujeto a interpretaciones, cada uno le damos a la lectura nuestro sesgo personal, inducido por la educación recibida, el entorno en el que vivimos, el modelo de sociedad, las creencias religiosas, las tendencias políticas y todos esos factores que, inevitablemente, tiñen nuestra visión con un filtro único y personal que impedirá esa fidelidad que el escritor hubiera deseado.
Bien, pues una vez aceptada esa deformación del lector, ¿debe el escritor por ello callar lo que quiere transmitir?, ¿debe por el contrario publicar e incidir hasta la saciedad para con ello bombardear las neuronas del lector con sus propias ideas?. Bueno, creo que esta vida es una selva en todos los sentidos, y podría considerarse desde un punto de vista práctico, que el escritor está en su derecho para actuar como mejor crea conveniente, pero yo me resisto a ello y, muy al contrario, me parece que el escritor lo que debe hacer es ayudar con sus ideas a que el lector se manifieste a favor o en contra de las mismas, o que, a su vez, transmita su pensamiento, contribuyendo también a enriquecer el panorama. Esto es lo que me parece podría interpretarse como “letras libres”, es decir, la libertad, bien supremo del ser humano, llevada a la práctica en la literatura, sin corsés, sin límites, sin censuras. Ante este manifiesto, cabría preguntarse ¿eso es luz verde para todo?, pues bien, solo hay una limitación que creo debe imperar sobre todo, el respeto, hay que digerir lo que opinen los demás aunque nos lleven los diablos en ello, porque si no lo respetamos, entonces ya estamos coaccionando su libertad, es decir esta única limitación en realidad se hace para reforzar la libertad no para cohibirla.
Por ello y porque este sentido triunfe y sea el que inspire mi teclado, levanto mi simbólica copa y brindo a su salud…¿me acompañáis?
Cuando he conseguido quitarme las telarañas mañaneras que velaban mis ojos, he pensado inmediatamente en lo árido de la profesión del escritor. Se conoce que hoy me he levantado victimista, pero no he podido por menos que pensar cosas como las que siguen:
¿Cómo trasladar al lector las sensaciones que uno tiene?, y si uno se atreve a hacerlo, ¿Cómo se asegura que el lector recoge fielmente lo que ha querido decir?, todo está sujeto a interpretaciones, cada uno le damos a la lectura nuestro sesgo personal, inducido por la educación recibida, el entorno en el que vivimos, el modelo de sociedad, las creencias religiosas, las tendencias políticas y todos esos factores que, inevitablemente, tiñen nuestra visión con un filtro único y personal que impedirá esa fidelidad que el escritor hubiera deseado.
Bien, pues una vez aceptada esa deformación del lector, ¿debe el escritor por ello callar lo que quiere transmitir?, ¿debe por el contrario publicar e incidir hasta la saciedad para con ello bombardear las neuronas del lector con sus propias ideas?. Bueno, creo que esta vida es una selva en todos los sentidos, y podría considerarse desde un punto de vista práctico, que el escritor está en su derecho para actuar como mejor crea conveniente, pero yo me resisto a ello y, muy al contrario, me parece que el escritor lo que debe hacer es ayudar con sus ideas a que el lector se manifieste a favor o en contra de las mismas, o que, a su vez, transmita su pensamiento, contribuyendo también a enriquecer el panorama. Esto es lo que me parece podría interpretarse como “letras libres”, es decir, la libertad, bien supremo del ser humano, llevada a la práctica en la literatura, sin corsés, sin límites, sin censuras. Ante este manifiesto, cabría preguntarse ¿eso es luz verde para todo?, pues bien, solo hay una limitación que creo debe imperar sobre todo, el respeto, hay que digerir lo que opinen los demás aunque nos lleven los diablos en ello, porque si no lo respetamos, entonces ya estamos coaccionando su libertad, es decir esta única limitación en realidad se hace para reforzar la libertad no para cohibirla.
Por ello y porque este sentido triunfe y sea el que inspire mi teclado, levanto mi simbólica copa y brindo a su salud…¿me acompañáis?
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